miércoles, 11 de junio de 2008

Esta mañana he tenido ocasión de reencontrarme con algunos rincones de mi Córdoba. No puedo decir que los haya recuperado porque, a diferencia de otros lugares y otros momentos, no los había perdido jamás. He tenido ocasión de subir por la muralla arriba, hasta la Puerta de Almodóvar, cruzar bajo su dintel y atravesar por Judíos hasta mi Facultad, en Cardenal Salazar, mirar el escaparate de Libreria Andaluza y pasear, muy rápido, eso sí, por el empedrado Patio de los Naranjos. La Judería, llena de turistas, conservaba, sin embargo, todo su encanto. Lo más poético, y sin duda lo más tópico, sería decir que paseando por aquel tortuoso laberinto de callejuelas uno se encuentra transportado a la Córdoba de los Omeyas (disculpa, de los Ummayad). No lo creo. Nos resulta difícil concebir el pasado, aunque el aspecto físico de los lugares apenas haya variado. No podemos entender que la Judería, como el Albaicín y otros tantos y tantos lugares, no se construyeron así para resultarnos bonitos. El pasado no es una postal, el fondo que constituye el tan manido marco incomparable de belleza sin igual para una foto, la mayor parte de las veces bastante cursi.
Me he quedado un buen rato contemplando, mirando, estudiando, escrutando, analizando la muralla, justo al sur de la Puerta de Almodóvar. Ha perdido el almenado, y está, sin duda, muy restaurada. Pero debe conservar, aproximadamente, la misma altura que tuvo en tiempos califales. Ante ella una calle de albero extremadamente cuidado. Un parapeto bajo da paso a un arriate de adelfas que enmarca una especie de acequia que, cosa extraña, está llena de un agua totalmente cristalina. Intento ponerme en el pellejo (y en los ojos) de un viajero que llegara procedente del Sur hasta este lienzo de muralla, que intentara cruzar esta puerta para dirigirse, quizás, a la Mezquita Aljama, al rezo de la tarde. Este decorado era la salvaguarda de la ciudad, un muro heredado de Roma. El albero debía ser el camino de ronda por donde los guerreros andalusíes, con los mostachos que denotaban su condición militar, pasearían orgullosos sus adargas de cuero, con borlones de seda blanca. La acequia sería el foso, no tan cuidado, ciertamente, y quizás sin agua. Pero esa vista poderosa, ese muro que disuadía a cualquier enemigo de tomar al asalto la ciudad... esa vista se ha perdido. Ahora esa muralla es simplemente un muro de color ocre que a menudo complica la vida de los urbanistas.
Pero quizás sí que hay un lugar (miles, de hecho) donde aún se puede sentir uno transportado. Siéntate a la caída de la tarde junto a una de las innumerables fuentes de Córdoba, de Qurtuba... cierra los ojos y piérdete en el suave soniquete del agua, siempre distinto. Aspira el aroma del arrayán, del jazmín, del azahar... piérdete en el frescor de lá noche que se avecina. Y en ese trance, ahí sí, es muy posible que oigas la clara voz del muecín que llama al rezo desde el alminar... una voz que se repite en mil ecos distintos, en las mezquitas de Qurtuba, capital de Occidente.


Tags: Historia

Publicado por Antonio.Arevalo @ 20:17
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Publicado por Invitado
lunes, 16 de junio de 2008 | 12:30
Gracias, he podido, por un instante, sentirme como uno de mis antepasados llegando a las puertas de una ciudad que aunó distintas culturas y religiones en armonía.