sábado, 07 de junio de 2008
Habitualmente contemplamos a los animales como actores. Como actores secundarios, quizás, pero actores al fin y al cabo. Las plantas, por el contrario, forman parte del decorado. O incluso del atrezzo. Las pequeñas y grandes flores tienen, sin duda, su encanto. Desde la pomposidad de la rosa al discreto encanto del jazmín. Desde el aroma suave de la dama de noche al embriagador despliegue de la lila. Los árboles son distintos. Lo siento, pero no he sido nunca capaz de hacerme amigo de un pino, de un eucalipto o de un ciprés. Son árboles iguales, calcados, copiados y repetidos. Son entes sin personalidad. Algunos árboles. Porque no es lo mismo un ciprés, a pesar de su espiritualidad y su sombra alargada, que un olivo o una encina. El olivo y la encina no sólo tienen personalidad: tienen alma. Los hay equilibrados, con el tronco en el centro, corto y robusto, y una copa que se despliega simétrica hacia todos los lados por igual. Los hay que se tuercen hacia un lado, en un arabesco extremecedor, con las ramas intentando contrarrestar esa inclinación. Los hay atormentados, orgullosos, acogedores, violentos, agresivos, cansados... Encinas y olivos agachan sus hojas para cobijar al que se refugie bajo ellas. Cuando se les mira, cuando se les contempla, cuando se les abraza... se intuye bajo la corteza rugosa el alma que late en sus troncos. Y uno se pregunta si no serán almas humanas las que, por castigo o bendición, no sabría decirlo, moran en sus retorcidas formas. Pero tienen alma, alma eterna. Por eso no pierden sus hojas.

Tags: Naturaleza

Publicado por Desconocido @ 21:37
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