Perdona los exabruptos de los días pasados. No deja de ser curioso cómo existen algunas personas que siempre que intentan hablar de otros terminan por entonar un discurso sobre su propia vida y milagros, mientras que otros no podemos hablar de nosotros mismos sin hablar de todos los demás. Es sólo que el alma, a veces, también necesita vomitar aquello que la daña. De la misma forma que el cuerpo se alimenta de esto y aquello, y a veces es imprescindible arrojar aquello que nos duele, de igual manera el alma ingiere a menudo lo que no debe. Y es preferible expulsarlo, ante el peligro cierto de asimilar todas esas inmundicias y permitirles formar parte de nuestra esencia.
Se acerca el verano, y ya sabes que no es mi momento. Esta época del año (¿y cuál no?) me trae los fantasmas de todo lo que pudo ser y no fue, el recordatorio de los errores que me han conducido donde me encuentro. No importa cuál sea el escenario, ni los compañeros de reparto: el guión que se me ha adjudicado me obliga a hacer el ridículo en los momentos estelares.
Disculpa, es sólo que ya no toco el cielo con la punta de los dedos, que el mundo se va haciendo cada vez más ancho y que ya no me quedan demasiados recursos para revertir la situación. Ansío un rincón donde encontrarme y encontrar a los que me quieren y quiero, ese sitio en el que se es uno y se es los demás, y los demás son también yo... creo que me entiendes. Aunque a veces ni yo mismo me entiendo.
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