viernes, 30 de mayo de 2008
La pérdida de la inocencia. Cuando escuchamos esta expresión siempre tenemos en mente una connotación claramente sexual. La pérdida de la inocencia se refiere, invariablemente, a la pérdida de la virginidad. Aparte del supuesto en que esta pérdida venga como consecuencia de un acto violento no se me ocurre una trascendencia negativa para tal acto. Pero hay otra pérdida de la inocencia, más cruel, más radical, más definitiva. Es el momento en el que ese niño que todos intentamos guardar en un rincón del corazón, o del cerebro, del alma en definitiva, es apuñalado de forma inmisericorde, y muere, o queda gravemente dañado al menos. Es ese instante en el que pasamos de creer que todo el mundo es bueno a saber, positivamente, que todo el mundo puede ser malo. Es esa tesitura en la entendemos que no importa cuán buenos hayamos sido, cuán duro hayamos trabajado o cuán profundamente nos hemos comprometido. Es esa hora en la que la realidad nos arrolla, nos pasa por encima. Se apelará ( o ni siquiera eso) a las circunstancias, a las conveniencias, a las presiones, a la ignorancia...pero ese niño no tendrá apelación posible. Porque importa lo que importa, no lo importante.  Sabemos nosotros, y Dios, y los más cercanos, lo que fuimos. No es mal público.
Hoy el niño que yo era ha sufrido innumerables heridas por las que sangra su corazón generoso. Hoy he perdido un poco de la poca inocencia que me quedaba. Hoy los dioses se burlan de mí.

Tags: Reflexiones y amarguras

Publicado por Antonio.Arevalo @ 15:44
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