Napoleón era mubarak, tenía baraka... buena estrella. Cuando llegó a Egipto, en aquella expedición que permitió, entre otras cosas, descubrir la Piedra de Rosetta, clave para descifrar los jeroglíficos, la población islámica de la tierra de los faraones escuchó de sus propios soldados la historia de la batalla del puente de Arcole. El abanderado que precedía al entonces joven Bonaparte cayó víctima de un balazo al entrar en el estrecho puente de madera. Napoleón cogió la tricolor de las manos muertas del soldado y la levantó, cruzando el puente a la carrera. A pesar del fuego contínuo por parte del enemigo no recibió un sólo rasguño. Los musulmanes lo tuvieron claro: era un mubarak, un portador de buena estrella. Lo cierto es que siempre la consideró un arma poderosa. Cuando se presentaba a su consideración a un oficial para un ascenso siempre preguntaba lo mismo: ¿tiene suerte? Si no la tenía no era nombrado. El corso decía ver su buena estrella en el cielo, en una estrella concreta, y la buscaba siempre antes de una decisión importante. Un día dejó de verla.
Lo cierto es que hay gente que cae siempre de pie, y otros que siempre se tuercen el tobillo. La vida se puede hacer muy dura para éstos últimos: cuando empieza la pendiente siempre es más fácil el camino cuesta abajo. Otros sólo se encuentran cuesta abajo para tener más fácil el camino. Ya lo hemos hablado muchas veces: Dios no es justo. Parece empeñarse en que algunas personas se vayan siempre de rositas y a otros les toquen sólo las espinas. Tal vez sea cierto aquello que decía Aute:"quien pone reglas al juego / se engaña si piensa que es jugador/ lo que le puede es el miedo/ de que se sepa que nunca jugó". El caso es que hay gente que se cae en el pajar y se pincha la aguja.
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