martes, 20 de mayo de 2008
Han sido días de andar por el barro aún húmedo, de oler la tierra mojada, de sentir el romero y notar la rugosidad de los troncos. Han sido atardeceres de distinguir entre los verdes de la vegetación, de permitir que los árboles nos tapen el bosque. Han sido mañanas de reencuentro con los colores, los olores, los sonidos de esa naturaleza que tan a menudo me llama y a la que tan poco tiempo dedico últimamente. Las sementeras están altas, y la más leve de las brisas produce un oleaje poderoso y vibrante en un océano de verdor. El viento se filtra entre las ramas y parece como un trueno rodando por la dehesa, quebrándose en las laderas.
Y sentimos algo así como una llamada primigenia, algo que nos hace sentir más cómodos entre los troncos que entre los muros. Deseamos rodar en esa hierba, correr desnudos colina abajo, abrazarnos a las encinas y tumbarnos en las sementeras mirando pasar las nubes, sin más música de fondo que el ruido de los pájaros, del agua y del viento.
Hundimos las manos en el barro ancestral e, inconscientemente, amasamos y amasamos, lo dejamos deslizar entre los dedos. Nos ensuciamos de arriba abajo y entonamos una risa que se nos antoja demencial, pero que nos libera de todo, nos purifica y nos hace ser más nosotros.
Tengo que sacar, como sea, tiempo para perderme en lo verde, antes de que el tiempo nos agoste.
Somos tierra, y a ella intentamos volver cada vez que recordamos de dónde procedemos. En ella descansaremos hasta que seamos sólo luz...

Tags: Reflexiones, fenómenos meteorológicos

Publicado por Desconocido @ 20:50
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