Mi madre murió cuando yo tenía dieciocho años. De mis años de niño la recuerdo como una enorme mujer (a los niños los adultos siempre nos parecen enormes), siempre activa. Tenía que serlo para cuidar de una casa enorme, un marido tremendamente ocupado y cuatro hijos. Una de las pocas imágenes que recuerdo de aquella época era de mamá dándole la vuelta, con las dos manos, a una enorme sartén en la que se preparaba una también enorme tortilla de patatas. Aquella imagen duró poco. A lo largo de gran parte de mis años de niño y de toda mi adolescencia aquella activa mujer se fue agostando, se convirtió en una sombra querida. La enfermedad, la larga y penosa enfermedad, la fue consumiendo. Y estaba siempre ahí. Incluso en los momentos en que se encontraba peor y más débil le sobraban fuerzas para consolar, para curar. Siempre estaba ahí, y eso era un regalo que jamás agradeceré bastante. Pero, conforme crecía, era más consciente de que llegaría un momento, no muy lejano, en que ya no estaría más.
Los últimos momentos fueron extraordinariamente duros y, cuando llegó el fin, fue un alivio. Ver cómo esa presencia querida se consumía sin remedio era más de lo que cualquiera podría soportar.
Mi vida, yo mismo, hubiéramos sido muy distintos si ella hubiera seguido aquí. Me pregunto qué opinión hubiera tenido mamá de mí. No sé si esa presencia tan querida se hubiera sentido orgullosa de lo que hago. Pero la verdad es que siempre se sintió orgullosa de aquel niño enclenque que solía volver a casa con las rodillas despellejadas.
Me resulta muy difícil saber qué parte de lo que yo soy en la actualidad se lo debo a mamá. Pero la recuerdo con una sonrisa casi perenne, incluso cuando había muy pocos motivos para sonreir. "Donde ella estaba no había nadie serio", me dicen. Quizás eso sea cosa suya.
Tras una presentación de un cartel, hace un par de años, uno de los asistentes me paró:"la verdad más grande que se ha dicho esta noche es que eres una buena persona". "Entonces, con eso ya sobra", le contesté. "Buena persona como su padre" oí a mis espaldas. "Y buena gente, como su madre" añadió una tercera voz. Ojalá sea así.
Pero, en todo esto, siento que estoy cometiendo un grave error. Porque he dicho que mi madre estaba siempre. Y creo que no debería usar el pretérito. De alguna forma, sutil pero real, ella sigue conmigo. En algunos momentos intuyo su presencia, su querida presencia. En otros la percibo claramente. Ellos, los que quisimos y nos quisieron, siguen estando aquí, en un delicioso ejercicio de continuidad. A veces nos llaman con más fuerza de la que sería razonable. Otras veces su recuerdo es la mejor razón para seguir luchando. Ellos viven en el resplandor y, cuando la irrefrenable tristeza nos abraza y se niega a soltarnos, a veces, algunas veces, nos levantan con sus dedos las comisuras de los labios para esbozar una sonrisa que nos ilumina el alma. Y nosotros la achacamos a un recuerdo.
Mi madre cambió de morada cuando yo tenía dieciiocho años. Pero sigue viva.
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