Una de las verdades que nos enseñan en nuestros primeros conatos de estudiante es que hay cantidades contínuas y cantidades discretas. Las primeras son aquellas que, por decirlo de forma algo pedestre, crecen poquito a poco. El ejemplo clásico es un recipiente con agua. Las cantidades discretas son las que crecen, por así decirlo, a base de "paquetes" (vale, ya sé que según la mecánica cuántica esto es algo más complicado, pero estamos hablando a un nivel más de andar por casa). El ejemplo clásico es un rebaño de ovejas. En el primer caso podemos tener un litro de agua, o un litro y medio, o un litro coma seiscientos quince. En el segundo caso o tenemos treinta ovejas o tenemos treinta y una (estamos hablando de un rebaño y no del escaparate de una carnicería).
Digan lo que digan el tiempo es una cantidad discreta. No me refiero tanto al tiempo cronológico físico puro y duro, sino al tiempo biológico. No crecemos... perdón, no envejecemos poco a poco. Llega un día en que, por una u otra razón, envejecemos de golpe varios años. Hoy me he parado algo más tiempo del habitual frente al espejo. Desde muy joven empezaron a surgir, aquí y allá, algunas canas. Entre el pelo intensamente negro destacaban como un clarinazo en el silencio. Las canas, si no mayoría, ya van siendo una presencia muy a tener en cuenta. La barba es decididamente blanca (a rayas a decir verdad).
No es que haya más canas que ayer, pero yo sí soy más viejo. En un segundo he envejecido varios años. Porque la edad, como otras cosas, sólo repercute en nosotros cuando nos hacemos conscientes de ella. No sé si soy más sabio que ayer. Creo recordar que en el contrato vital iba ligado el hecho de envejecer con el del crecimiento de la sabiduría. Algo así como una contraprestación. No estoy seguro. Eso sí, creo que soy un poco más libre.
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