La temperatura es cálida, pero no demasiado. Un pantalón de lino y una camisa fina son suficiente atuendo, pero incluso se podría ir sin camisa. Sin embargo, en los atardeceres, no estorba una prenda algo más consistente, de esas que, más que abrigar, parecen abrazar. La sombra es luminosa, con un montón de luces reflejadas. El agua es somera e increiblemente transparente. La fina arena del fondo se distingue perfectamente, y la superficie lo único que hace es añadir un sinfín de irisaciones. Ese contínuo ir y venir del agua, ondulándose y retorciéndose, proyectan una miríada de centellas a las paredes rocosas que te rodean. Estás a la sombra, pero el sol brilla con fuerza... y la luz no ciega. El cielo es intensísimamente azul, con grandes nubes blancas que se desplazan con parsimonia. Y parece que se pudiera tocar el cielo con la punta de los dedos. La brisa es suave y, por la noche, se inunda del olor de la dama de noche. La lluvia, cuando llega, inunda de un frescor indescriptible hasta donde alcanza la vista y, cuando el sol se pone, las luces reflejadas en el agua ofrecen la ilusión de encontrarse en medio de una sala de espejos. Allí uno puede estar consigo mismo y, a la vez, sentirse parte de todo, en una maravillosa sensación de continuidad...
El lugar es así. No estoy seguro de si lo recuerdo o lo he ido construyendo a base de retazos, como una especie de criatura de Frankenstein, hasta crear un todo más o menos coherente. El caso es que llevo tiempo buscando ese lugar. A menudo he descubierto las nubes, o la luz, o el reflejo del agua, o el olor... a veces, incluso, me he encontrado de bruces con la sensación que me produce ese rincón. Lo único que sé es que, cuando me encuentro mal, realmente mal, en esos momentos en los que el mundo entero es un enemigo y lo único que se desea es meterse en un agujero y tapar la entrada... cierro los ojos, respiro hondo y viene a mí. No sé si es un recuerdo o una aspiración, pero el aire es dulce, la brisa cálida... y la luz no ciega.
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