Supuestamente las palabras sirven para designar realidades. Existe algo y nos inventamos un término que lo identifique. Pero, curiosamente, las palabras crecen y crecen al margen de su referente real, adquieren un significado cargado de connotaciones que, en principio al menos, no le corresponden. Las palabras acaban constituyendo, de esta forma, una especie de realidad paralela que, aún teniendo elementos en común con el mundo real, goza de existencia, si no independiente, sí autónoma.
Pongamos un ejemplo. Si en un contexto público (los contextos privados tienen sus propias reglas de juego, dependiendo del nivel de privacidad del contexto) una persona le espeta a otro "usted es un ladrón"... pues ya la hemos hecho. La acusación es gravísima y mucho me temo que una conversación que empieza así no puede por más que acabar mal. Pero, si en cambio, el sujeto "a" se dirige al sujeto "b" diciéndole "usted está apropiándose indebidamente de algo que, en realidad, no es suyo"... eso es ya otra cosa. En puridad (y en profundidad, para qué vamos a andarnos aquí con remilgos) se está diciendo lo mismo. Pero lo grave no es la realidad, lo grave, lo que duele, es la palabra. Recuerdo que, de niño, cuando alguno de los habituales nos quitaba algo le llamábamos "robón". La palabra ladrón era muy fuerte para arrojársela a un niño a la cara. Distinguíamos, quizás, a aquél que se quedaba con algo porque, simplemente, le gustaba, de aquél otro (el ladrón) que robaba, este sí, con el ánimo de lucrarse.
De adultos no hacemos estas distinciones. Pero la palabra sigue siendo muy fuerte. La palabra tiene vida propia. En la Inglaterra victoriana no había prostitutas: habían desventuradas. No es lo mismo decirle a una mujer que es, con perdón, un poco puta, a decir que es "ligera de cascos". No es lo mismo decir a alguien que es un borracho que decirle "que le gusta darle al trinki". La palabra asusta en sí misma. Si nos pregunta qué opinamos sobre una persona no tendremos, quizás, reparo alguno en lanzar una perorata de media hora. Pero si nos piden que la definamos... eso es otro cantar. La verdad os hará libres, dice el Evangelio. La palabra... no sé si nos esclaviza, tampoco me atrevo a definir exactamente qué es lo que hace con nosotros. Sólo sé que no me gusta.
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