El día ha amanecido con el cielo totalmente cubierto y prometiendo lluvia. Esto es ya, por sí solo, una magnífica noticia. Cosa extraña en un animal del sur, yo preciso de la lluvia. Pocas cosas me resultan tan fascinantes como el ballet de las nubes allá arriba. Confieso que disfruto con el repiqueteo de la lluvia en el cristal, y que el olor a tierra mojada parece regarme el alma. Ya en la calle la humedad ambiental presagiaba un rápido desenlace. Gruesas gotas, enormes gotas, que caían en un rápido crescendo. El pavimento de adoquines de granito se iba adornando con un moteado húmedo cada vez más denso, hasta que, cubierto por completo, soñó con ser espejo.
No había nadie por la calle. Y levanté la cara hacia la lluvia, cerrando los ojos. Las gotas delinearon una amplia sonrisa en mi cara, mientras los regueros me caían hacia la parte trasera del cuello, colándose bajo la camisa. Cada rincón de mi ser reaccionó con alegría. Como si me fundiera con lo alto a través del hilo conductor del aguacero. Como si yo mismo me transformara en lluvia, alargando la tierra hacia arriba, acercando el cielo hacia abajo, en una maravillosa sensación de continuidad.
Somos agua, nuestras células son agua. Ningún ser nace sin antes haber nadado. En medio de la lluvia recuperamos nuestro hogar.