martes, 06 de mayo de 2008

La conversación giraba en torno al viento. El Mistral, decían los visitantes de la zona de Avignon, que azota durante un mínimo de tres días, y te vuelve literalmente loco. Es malo cuando es cálido, pero terrible si es frio: no hay ropa que pueda protegerte de él. Otra participante en la tertulia hablaba del viento inmisericorde que sopla contínuamente en el Nordeste de Brasil. Yo, más casero me temo, recordaba los días de Levante en la zona del Estrecho de Gibraltar, cuando el viento pone a prueba la paciencia del más frío de los humanos...
En un momento determinado alguien mencionó, como de pasada, la melancolía que produce el viento... No parecía un comentario especialmente trascendente, pero las miradas se perdieron, cada una atenta a su propia tristeza. Mi cabeza voló a una llanura al anochecer, a finales de otoño de hace ya muchos, muchos años, con una sementera que me llegaba hasta por encima de las rodillas. Y un viento agudo, acerado, frío como un infierno helado, que pegaba mi ropa contra el pecho. El frió me hacía saltar las lágrimas. Pero, con todo, era una sensación sumamente placentera. Levanté los brazos, como queriendo alzar el vuelo, como queriendo que ese viento me llevara lejos. Por un momento parecía que podría ser así. Y yo cerraba los ojos y levantaba la cabeza, dejando que el viento empujase mi cabello más allá, notando como ese poderoso bramido se llevaba mis preocupaciones y mis miedos, mis familiares fantasmas al fin y al cabo, donde no pudieran hacerme daño.
Cuando la ilusión pasó, descubrí en la cara de mis contertulios una expresión similar a la que me imagino que yo lucía. La melancolía del viento. Es algo que parece universal, algo similar en Avignon, Brasil, Gibraltar o las dehesas de Fash-al-Ballut.
Somos viento, nuestro espíritu es viento. Esa melancolía es la añoranza de la libertad.


Tags: Reflexiones, fenómenos meteorológicos

Publicado por Desconocido @ 19:41
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