lunes, 28 de abril de 2008
Me cogió totalmente por sorpresa. Sin saber por qué, tras un día de mucho trabajo y muchos kilómetros, con (muchas) más sombras que luces, entré en casa y me dirigí hacia el patio. Ahora, a posteriori, podría encontrar muchas explicaciones muy líricas o muy sesudas para justificar esa acción. Pero la verdad es que, si hubo una razón, no era consciente de ella en ese momento. Era ya noche cerrada y desde la vivienda se filtraba algo de luz hasta donde yo estaba. Intuía, más que otra cosa, el verdor de las plantas que guarnecen tres de los cuatro lados del espacio. Había sido, como digo un día miserable. Notaba los ojos enrojecidos y cansados… y se produjo el milagro. Cerré los ojos, con la intención de refrescarlos, y vino a mí. Un suave aroma que conocía desde siempre, pero que no identifiqué de inmediato. Abrí los ojos, ya acostumbrados a la oscuridad, y en medio de la penumbra aparecían las pinceladas blancas de las flores de celinda. Me acerqué casi devotamente al arbusto y comprobé que, en efecto, era el origen de ese olor que tanto refrescaba mi alma. Fui consciente, por primera en años, de que ese rincón de la casa es realmente hermoso. En la pared de enfrente un limonero exhibía sus flores de azahar, justo al lado del jazmín, ahora sin flores. Y, recordaba, hace apenas diez días, al lilo alardeando de una hermosa cabellera de color malva que inundaba con su perfume toda la casa. Pasé más adentro. Los rosales empezaban con su particular competición por parir la más hermosa de las flores de ese año. Desde la parte más escondida de este patio, ahora a oscuras, me volví hacia la casa. Y el fantasma de mi niñez me tiró de la pernera del pantalón, reclamando mi mirada. Tirado en estas baldosas pasé muchas tardes de primavera de mi niñez, a la sombra del membrillo, junto a las esparragueras y las macetas de geranios. Y la imagen de mi madre me sonrió, mientras regaba con la goma las pilistras y las hortensias, mientras me regaba a mí también, riendo, diciendo que no se había dado cuenta de que estaba allí, y volviendo de nuevo a regarme, colocando el dedo en la salida del agua, que caía sobre mí como una fina lluvia… tal vez mi infancia es el último refugio que me queda. En cualquier caso, allí, en aquella penumbra refrescada con las plantas, me sentí seguro. Y algo fugaz, parecido a la felicidad, pasó a mi lado.

Tags: Reflexiones

Publicado por Antonio.Arevalo @ 20:13
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