lunes, 21 de abril de 2008

Dios no es justo. Es una realidad. Durante toda la vida jugamos contra un equipo que se dedica a romper las tibias de nuestros compañeros sin que el árbitro pite falta. De hecho al árbitro ni lo vemos. Pero contínuamente se nos dice que existe un árbitro, y que ese árbitro no pierde detalle del partido, y que estemos tranquilos, porque el árbitro castigará a los malos y premiará a los buenos. Y, mientras tanto, los de nuestro equipo siguen saliendo en camilla, y los otros siguen campando por sus fueros. Dios no es justo. No, al menos, desde el estricto punto de vista humano. El otro, el suyo, no me resulta accesible. Al menos no mientras viva, lo que no resulta especialmente reconfortante. Quizás nos piden que confiemos demasiado. Pero hay algo, mucho, que podemos hacer. Tomemos por bandera a Belisario y no permitamos que, en el pequeño entorno en el que nos movemos, suceda la mismo. He visto demasiados genios (sí, genios, los hay, y bastantes) tratados de cualquier manera mientras que auténticos cantamañanas saborean las mieles del éxito. Me cruzo a diario con gente buena (repite conmigo bueeeeeeeena) que malvive como puede, mientras la escoria humana saborea las mieles de un triunfo a menudo robado a las personas anteriores. Y ya no trago más porque no me da la gana.
Prometo solemnemente reconocer las virtudes allí donde las vea, no alabar jamás a quien no merezca ser alabado, no regatear los méritos de quien los tiene y, en general, ayudar a quien pueda hacer que este mundo que entre todos fabricamos sea un poquitín mejor o, cuando menos, más agradable. Dios puede ser o no justo, pero yo me comprometo a intentar. Unámonos bajo la bandera de Belisario para dar, hasta donde lleguemos, a cada uno según sus merecimientos. Aunque sólo sea una sonrisa y una palmada en la espalda.


Tags: Reflexiones, historia

Publicado por Antonio.Arevalo @ 20:53
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios